MI HIJO, MI PUEBLO
"Si mi Pueblo no quiere someterse, me veo obligada a dejar caer el brazo de mi Hijo. Es tan fuerte y tan
pesado que no puedo sostenerlo más. ¡Hace tanto tiempo que sufro por vosotros! Si quiero que mi Hijo no os abandone, tengo que
rogarle sin cesar por vosotros, ¡y vosotros no hacéis caso! Por mucho que recéis, por mucho que hagáis, jamás podréis compensar
los trabajos que he tomado por vosotros".
La Reconciliadora de los pecadores llora por su Pueblo porque rehusa someterse
a su Hijo Jesucristo, a quien "Dios ha sometido todas las cosas" (1 Cor 15,28). Entonces, "doblegando la fuerza de su brazo, el
Señor dispersa a los soberbios" (Lc 1,51).
"Con su amor materno, se preocupa de los hermanos de su Hijo que aún peregrinan y se
debaten entre peligros y angustias..." (Vaticano II, L.G. 62). Frente a nuestra negativa todos los sufrimientos de la Virgen se
hacen inútiles. Sin embargo, a quienes acogen su llanto, ella dice: conmigo "completad en vuestra carne lo que falta a las
tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Cor, 1,24).
LAS NEGATIVAS DEL PUEBLO DE DIOS
"Os he dado seis días para trabajar, me he reservado el séptimo y no quieren concedérmelo. Es lo que hace
tan pesado el brazo de mi Hijo".
¿El día séptimo? El del descanso de Dios después de la creación (Gen 2,1). Cuando el
hombre tiene un respiro (Ex 23,12) Cuando el Señor libera a su Pueblo (Dt 5, 12). ¿Estará el hombre hecho sólo para seis días
de producción y de consumo sin poder levantar la cabeza? Dios garantiza nuestra libertad, nos llama con Jesús, resucitado el
nuevo séptimo día, a ser sus hijos y herederos (Rom. 8,16).
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